En días de trashumancia la muerte también viaja por el agua, en las curiaras, cabalga por la sabana, por las queseras, por las trochas, por las carreteras, por los caminos polvorientos, por los lugares donde transita la vida humana y animal de Los Llanos.
En días de trashumancia Santa Carvajal Rodríguez dejó de existir en las aguas del río Caujarito. Una peritonitis acabó con su temple de mujer fuerte, capaz de soportar los rigores de la travesía llanera.
A Fernando Rápido, el esposo de Santa, le avisaron en pleno rodeo de su delicado estado de salud. No pudo continuar con el trabajo. No pudo participar en la posterior tarea de trasladar el ganado.
Fernando Rápido logró movilizar vía fluvial a Santa aún en vida. Pero la muerte, más veloz que él, se la quitó antes de llegar a Cabruta, el pueblo cercano donde le podrían brindar asistencia médica.
Desgarradores gritos de María Asunción Rodríguez, la madre de Santa, se escucharon río arriba y río abajo. Sus gritos trataron de reanimar el cuerpo todavía tibio en la curiara, se aferraron al cadáver cubierto por una sábana rosada.
En días de trashumancia la vida animal es igualmente frágil. Se puede esfumar en segundos. Se puede perder mientras se intenta alcanzar a nado la otra orilla. Se puede convertir en exquisita comida para peces depredadores, como los caribes; o para los zamuros, en las carreteras. Así, quedan vacas sin becerros o becerros sin vacas.
El esfuerzo en el cruce de un río también puede adelantar un parto. Entonces la muerte queda aletargada, pasa a ser testigo de cómo del vientre de la hembra brota un nuevo ejemplar y un amor que se expresa en generosos lamidos. Un amor animal que tiene olor y sabor inconfundibles.

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