Por Marlen Leal
“Da lástima dejar esa sabana sola”, dice uno de los tantos vaqueros que dentro de pocas horas emprenderá un viaje en el que hombre y animal, animal y hombre podrían preguntarse: ¿Quién depende de quién? ¿Cuál llega primero a su destino?
Llaneros y ganado bovino realizan dos veces al año –al comienzo de entradas de agua y al inicio del verano– una travesía, una mudanza, un traslado que se resume en una práctica antigua, necesaria y vital para los dos: la trashumancia.
En días de trashumancia la soledad se abre paso en la sabana que dentro de pocas semanas estará anegada. Sin embargo no alcanza a reinar. Otro tipo de vida animal breve, pero inclemente, se apropia de tanta vastedad.
Lo que ayer era un hervidero humano y un estruendoso mugido de toros, vacas y becerros, en queseras como La Tigra, es hoy innumerables muestras de pisadas silenciosas que se hunden en el barro de los corrales.
Pocas cosas quedan en pie para el retorno. Ni siquiera las puertas porque corren el riesgo de ser robadas. Todo es retirado y empacado en paquetes enviados por el río.
Desde la entrada de la cocina vacía, por donde salieron diversos platos que alimentaron a los infatigables trabajadores, uno de ellos se asoma, la acaricia con la mirada y la despide con las notas tristes de una canción, como solamente un llanero sabe hacerlo.
Oscar Antonio, el más pequeño de los vaqueros en tamaño y en edad, y su tía Belkis Morales, tratan de controlar a dos cachorros amarrados a una horqueta, a la espera de la curiara que los trasladará al pueblo junto a los enseres de la quesera.
Todos los demás se han marchado. Unos hombres van por el río encargados de transportar los becerros de escasas horas de vida y el equipaje de los compañeros que en tierra les será distribuido.
Otro grupo, dividido en tres, va a caballo detrás del ganado horro, de las vacas recién paridas y de las vacas con becerros grandes.


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